Seguramente, entre las fantasías de Orellana nunca figuró la gesta que protagonizó en la Amazonía, sin duda comparable a la de Alejandro Magno o Aníbal Barca. Sin embargo, el trujillano no contaba con grandes ejércitos, tan solo tenía a su mando un puñado de hombres que, dejándolo todo, partieron en busca de El Dorado.Penetraron en una jungla interminable, un infierno verde surcado por un río que más bien parecía un mar de agua dulce. Buscaban riquezas y gloria, pero allí solo encontraron agua y selva. Les esperaba una singladura de miles de kilómetros a bordo de unas barcazas, teniendo como única compañía el hambre, las enfermedades y los interminables peligros que anidaban en la selva y en su majestuoso río.No obstante, en aquel sublime rincón del mundo pudieron conocer y asombrarse del nivel cultural de muchas tribus indígenas, en especial de su visión cosmogónica y del papel que atribuían al hombre entre la tierra y los dioses. Tan grandes fueron las dificultades de aquella aventura que hubo de pasar un siglo antes de que los europeos se atrevieran de nuevo a penetrar en esas tierras.
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